Encontrando un equilibrio entre la producción y la reproducción en la intervención social.

A publicar próximamente en la revista Monitor-Educador

DSCF5171-1 copiaEn estas últimas décadas, la intervención social cada vez danza más acompasada con el ritmo de los cantos de sirena de los omnipresentes mercados. Frente a estos danzares somos muchas las personas que tratamos de vincular la esencia de nuestra labor con su naturaleza reproductiva.

Frente a una sociedad cada vez más centrada en la producción, en medio de una crisis en la que la única solución o mejor la “solución única” que se nos plantea es un mayor consumo que engrase “la máquina” del crecimiento productivo; queremos resaltar que el corazón de nuestra experiencia, de nuestra tradición como profesiones, trasciende lo meramente productivo y se sitúa en la esfera de de la reproducción, de la capacidad para generar vida, de cuidar, de proteger…

 Esta es la corriente en la que queremos situar la naturaleza de nuestros empeños. Es cierto que se nos pide que produzcamos más y con más eficacia. Se nos pide que produzcamos personas des-intoxicadas, des-prisionizadas, in-tegradas, in-cluidas, etc… y en definitiva personas productivas y capaces de producir. Pero no debemos olvidar que nuestro fundamento, tanto desde una perspectiva estratégica, como sobre todo apriorística tiene que ver con nuestra capacidad para re-producir, para re-tejer los filamentos que constituyen la vida como humana.

 Es por ello que deberemos ser capaces de poner nombre, de dedicarle la porción de trascendencia que se merecen, a tantos y tantos espacios en los que no cuentan los números, sino la construcción callada y con significado. Situarnos en la esfera de la natalidad, del dar a luz la vida, de forma lenta, sin estridencias. Con el solo respeto a aquello que sabemos (porque lo vivimos y constatamos una y otra vez) que sirve para la vida, para construir las tramas que la hacen y rehacen como digna.

Es una cuestión de día a día. De ganar la cosecha (que no la guerra) de los pequeños detalles, de dedicar porciones de tiempo liberado al servicio de encontrar significados comunes, de cuidar, de poner en juego nuestra “energía emocional” capaz de engendrar y dar vida.

 Y he aquí que la praxis cotidiana se convierte en el campo de siembra (que no de batalla) del equilibrio entre estas dos dimensiones de producción y reproducción. Y es por eso, que se convierte en el terreno fundamental de las posibilidades, en el espacio en que podemos hacerlas posibles, frente al mar de análisis que declaran nuestras rutinas y horarios como terrenos incapaces de albergar nada que vaya más allá de lo estrictamente justificable, “productivo”, y en muchas ocasiones relacionalmente intrascendente.

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