Toca dejar de sembrar culpas para no recoger violencias.

Publicado en el Blog de la Comisión Antisida de Bizkaia | 20 noviembre 2012

La siembra

cropped-dscf5194-copia.jpgY por fin se fue la bruja de la burbuja con su escoba a otra parte. Nos dejó mientras se alejaba, rendidos ante la explosión… y entonces sólo quedó el reparto de las culpas: quien se encargó de hincharla con sus impulsos, quien aclamó al dios del crecimiento económico-inmobiliario como único dios, quien se bañó bajo el riego de aquellos tiempos sin pensar en futuros de sostenibilidad… nos queda un corolario de culpas y un montón de dedos señalando a diestro y siniestro. Estamos en tiempo de dictar sentencias y de encontrar culpables.

Somos responsablesEl consumismo, el endeudamiento, la falta de competitividad, o el recurso al crédito siguen siendo males de los que debemos responsabilizarnos. Existen culturas de trabajo, modelos de sociedad, hábitos, acciones y comportamientos que nos hacen responsables en alguna medida de los dolores que estamos viviendo1.

Somos responsables sí. Pero no seré yo quien diga que la responsabilidad debe estar igualmente repartida como lloviendo igual en todos los tejados, sean éstos informes masas de uralita o terrazas abiertas a la noche desde su lujo de diseño asiático. Por ello mentamos al cielo, a políticos, bancos, al Fondo Monetario Internacional o a los informes mercados. Cualquier análisis mínimamente despejado destaca el papel crucial de estos actores, responsables por inacción en la falta de frenos a la economía especulativa, por su incapacidad (o por su mirada cómplice) en el crecimiento de los paraísos fiscales, en la falta de control e incluso en la promoción de la corrupción, en la disminución en la capacidad reguladora de los estados, en la pérdida del control democrático… Mentamos a los políticos, quizá incluso más que a las multinacionales, a los bancos y a todos aquellos y aquellas que con su juego especulativo nos han hecho nacer a esta pesadilla.

Sin embargo este juego de culpas, de cuchillos lanzados al horizonte suele tener una mecánica que acaba dañando siempre a aquellos que menos parapetos tienen para esconderse. Como bien sembraba patriarcado aquel refrán “mi padre manda mi madre, mi madre me manda mí, yo mando mis hermanitos, todos mandamos aquí”, la culpabilización llueve desde la cúspide de la pirámide empapándolo todo y convirtiendo la base en un lodazal de densa humedad.

Los políticos, bancos, responsables financieros, grandes empresas… se esconden bajo la complejidad y la sombra de la ley natural de los mercados, construyen narrativas para librarse de las culpas, para culpar a otros y para permanecer inimputables. Y mientras, llueven culpas a las personas paradas por su indolencia, a los y las educandos por su falta de disciplina y ambición, al sistema educativo su falta de capacidad de promocionar la competitividad, al funcionariado en general por su ineficacia y naturaleza acomodaticia, a los padres por la falta de autoridad, de nuevo a las personas en paro por su falta de emprendimiento, a las personas con pocos recursos por utilizar de manera fraudulenta las ayudas destinadas a paliar su situación… Una y otra vez se repite la cantinela a modo de cuento de la cigarra, de que la crisis es responsabilidad de todos porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y de que somos como aquella familia que nunca debió gastar más de lo que tenía.2

Mientras disminuyen de manera dramática los recursos destinados a educación (aumenta el número de horas lectivas para los profesores de la escuela pública, disminuyen los profesores interinos, no se cubren bajas…) se escribe una reforma educativa en la que se aboga por la necesidad de primar la competitividad en las aulas, y no se deja de culpabilizar a los jóvenes por su falta de disciplina, a los padres por su falta de autoridad, o los profesores por su falta de compromiso.Mientras aumenta el nivel de paro llegando a niveles nunca conocidos, se articulan medidas fiscalizadoras para que aquellos que están en esta situación puedan ser obligados a realizar tareas de ayuda social, limpiar montes… Y esto se hace no desde un punto de vista positivo, de aporte, sino desde una mirada negativa que ve en estas personas (la cruz de esos emprendedores que tanto necesitamos y que nos sacarán de la crisis). Mientras se reducen los presupuestos destinados ayudas sociales, a rentas básicas, a ayudas de emergencia; aumentan los mecanismos de fiscalización, bajo el pretexto de un supuesto fraude generalizado.

En todos estos discursos, en todas estas narrativas, el lenguaje de la culpabilización de manera más o menos explícita se muestra y se promueve por los múltiples canales de comunicación de los que disponen. Esta no es una reacción instintiva (que a veces también), es más bien una estrategia bien planificada. La culpabilización de determinados colectivos ayuda a desviar la mirada. Mientras, la culpa genera consciente y sobre todo inconscientemente un mar de emociones que activan resortes de acción y sobre todo de defensa.

Frente a la culpa social cada uno se defiende como puede. Las armas de los menos (los mejor situados) tienden a generar estos discursos sociales que les desculpabilizan, que responsabilizan a los mercados, que difuminan la responsabilidad. Cuanto menos recursos (económicos, sociales, culturales…) se tienen, defenderse de esta culpa social se torna más complicado.

La recogida. La gestión de la culpabilización desde el marco de intervención social.

Como personas y entidades que trabajamos en el mundo de intervención social es importante poner la mirada en estos procesos. Y lo es fundamentalmente por dos razones. En primer lugar porque este tipo de discursos sociales generan encargos que acaban poniendo en nuestras manos la responsabilidad del “castigo”. En segundo lugar porque muchas de las personas con las que trabajamos reaccionan de una u otra manera a esta culpabilización.

1.- Así, desde los sistemas de protección, de apoyo a personas en situaciones de riesgo, de formación a personas desempleadas, desde los dispositivos educativos generados por el propio sistema judicial, desde los espacios educación formales o informales… se deposita el encargo de poner en orden desde abajo esta situación. El encargo social que corean sectores (no menores) de nuestra sociedad, tiene que ver con ser capaces de responder de manera firme y autoritaria a estas personas que con sus actitudes y acciones presumen como culpables de algunos de los males que nos aquejan.

Quizá la sociedad no los vea como los culpables principales, y sin embargo son las personas más identificables, las más fichadas, las más controlables y por ello a las que más se les puede pedir y fiscalizar desde la coerción. Este discurso en ocasiones rechina y somos capaces de ponerle freno, pero en otras (no pocas) cala en algunas personas y organizaciones.

En mi experiencia de formador, uno de los debates más recurrentes e intensos con los que me suelo encontrar suele ser el de las ayudas sociales como aporte necesario positivo y universalizable o como bolsa de fraude que crea dependencia. Sin restar importancia al contenido de la discusión, es llamativo el poco espacio que se le da a otro tipo de cuestiones, a mi parecer mucho más relevantes (¿cómo no somos capaces de generar procesos participativos?, ¿cómo no somos capaces de generar espacios de horizontalidad y de apoyo mutuo?, ¿Como no somos capaces de generar espacios de reivindicación desde la creación de sujetos colectivos?…)

A mi modo de ver es importante generar desde la intervención social motivaciones para el cambio, y en ocasiones incluso se puede utilizar la coerción (desde lo económico, lo judicial, lo social…) para la búsqueda de una mejora personal y/o la responsabilización ante un daño que se ha cometido. Es importante el fomento de sociedades en las que la competitividad sea un valor (uno entre muchos otros) que genere crecimiento (personal y social). Es importante luchar contra el fraude y contra las culturas de la dependencia. Es importante fomentar la activación de las personas desempleadas. Aunque no sean éstos los contenidos principales de intervención social pueden ser contenidos relevantes. Pero nunca estos contenidos pueden gestionarse desde la culpabilización, desde la imagen negativa, desde la rabia social.

2.- En segundo lugar debemos tener en cuenta como muchas de las personas con las que trabajamos incorporan esta culpa social, la asumen, la viven en sus carnes. La culpa por propia definición exige un castigo. Y la manera de lidiar con ella suele incorporarlo, de una u otra forma. El castigo se asume o uno se rebela contra él, pero siempre está presente. Cuando no se puede huir de la culpa social sólo queda evadirse, asumirla, o violentar a aquellos que señalan.

Muchas son las personas que intentan huir de las miradas a través de la evasión, del hedonismo, de las satisfacciones inmediatas, de la pérdida de límites. Algunas se revelan. La mayoría a la sufren de manera discreta, desde la vergüenza, desde el miedo. ¿Cuántas cosas podríamos haber hecho y nos habría ido mejor?, ¿Por qué no estudié cuando pude hacerlo?… Muchos son los rostros que podemos poner a esta situación y muy concretos algunos de los colectivos de personas que se encierran en sus propios “mundos” para no sentir el dolor del estigma.

La poda y la nueva siembra.

Aunque no asumamos este paradigma culpabilizador, debemos ser conscientes de este reparto de culpas. Debemos ser capaces de responder y de romper esta dinámica, este juego infinito de culpas y castigos. Desde nuestro lugar en la sociedad, desde el papel que se nos encarga sobre todo desde el entendimiento de este encargo en toda su complejidad debemos ser capaces de responder a esta inercia.

La lucha contra la culpabilización social nos exige entrar en la complejidad tanto personal como social. El mundo de la terapia es un referente fundamental en este sentido. La culpa nace de voces que se clavan, recurrentes, de estereotipos, de simplificaciones y sobre todo de reduccionismos. Abrir la mirada la complejidad, recoger el sentimiento, ampliar la percepción que se tiene de uno, de una misma, o enriquecer el contenido de la realidad personal y colectiva y mostrarla es quizá el primero de los elementos que podemos poner sobre la mesa.

Entender el daño de esta culpabilización social para ser capaces de leer las distancias, las huidas, incluso las violencias como estrategias de defensa ante el sentido dedo acusador. Esto no quiere decir des-responsabilizar, y nunca puede justificar la violencia, ni romper con el respeto que nos merecemos como personas y como profesionales. Sin embargo debemos ser capaces de entender este juego de roles para romper con la inercia de defensas y contra defensas.

Como siempre únicamente seremos capaces de romper estos esquemas de relación desde la experiencia de horizontalidad ética y de encuentro con las otras personas. Únicamente nos permitirán entrar en el contraste y la confrontación cuando hayan llegado a sentir la confianza y la cercanía. Se nos exige un trabajo de responsabilización desde la autenticidad, desde el respeto y desde la aceptación incondicional.

En este camino el apoyo mutuo a ser un referente fundamental. Cuando la culpa se comparte hace menos daño y sobre todo nos permite entender que quizá no tenga que ver únicamente con nosotras. La aceptación, la comprensión y el apoyo nos van ayudar a recuperar las fuerzas para poder enfrentar los retos del cambio, del crecimiento.

DSCF2255 copiaEl trabajo de intervención social llama a la responsabilidad pero siempre desde el apoyo, no desde el juicio. El trabajo de responsabilización implica previamente ser capaces de salir y ayudar a salir de la culpa. La responsabilidad nos enfoca hacia horizontes de poder, de acción; la culpa sólo llama al castigo.

Pero no sólo se tratara de intervenir para romper las inercias de la culpa desde lo personal o familiar. También se exige entender y ser capaces de explicar los mecanismos sociales que están llevando tanto a la culpabilización determinados colectivos, como a su empobrecimiento. Nos exige defendernos de la culpa entendiendo los matices de la responsabilidad, de la de cada uno, pero también de la de los demás. Y nos exige denunciarlo para poderlo defendernos y ayudar a defenderse de una manera consciente, crítica y positiva.

La culpabilización de tantos y tantas exige una respuesta. No se trata de lanzar las culpas a otro lugar, de replicar el mismo mecanismo que se soporta. Se trata de como decíamos antes de comprender y mostrar la complejidad, armarse de datos y de razones promoviendo respuestas de dignidad ante tanto dedo acusador. Se trata de generar, de seguir generando comunidades capaces de responder colectivamente a estos ataques que no sólo recortan sino que encima nos culpan ante lo inevitable de empuñar las tijeras.

Raul Castillo

1.- Interesante el texto de F. Fantova a este respecto “El tercer sector, agente de transformación social en tiempos de crisis” escrito en los inicios de la deriva en la que nos encontramos.

2.- Sin querer detenerme en responder a este mantra únicamente quiero aportar dos datos:.

1. En los años de mayor expansión de la economía española no se ha reducido el porcentaje de pobreza (más allá de una ligera mejoría en la pobreza extrema) NO SE HAN ENRIQUECIDO TODAS LAS PERSONAS DE LA MISMA MANERA,http://www.foessa.es/publicaciones_periodicas.aspx

2. Durante estos años el gasto social en España a pesar de aumentar sensiblemente el PIB, nunca ha llegado alcanzar la media europea (nunca ha aumentado en la misma medida el porcentaje de crecimiento de la economía con el porcentaje de incremento del gasto social, es más este gasto ha disminuido), EL DINERO NO SE HA “IDO” FUNDAMENTALMENTE EN LA MEJORA DEL ESTADO DE BIENESTAR, EN LA MEJORA DE LOS SERVICIOS PARA TODOS Y TODAS LAS PERSONAShttp://www.slideshare.net/pscsentmenat/vicen-navarro-grfica-de-gasto-social-en-espaa#btnNext

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Un pensamiento en “Toca dejar de sembrar culpas para no recoger violencias.

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