La concepción de sistemas cerrados

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Me sorprendió una entrevista en un centro escolar en la que nos debatíamos si inscribir o no a nuestra hija recién nacida. Para nosotros este hecho significa un asunto extremadamente delicado. Las necesidades de nuestra hija, nuestras posibilidades de tiempo, económicas, el sentimiento de ver a una cría tan pequeña iniciándose en el mundo de la escuela, la contradicción entre lo que desearíamos y lo que podemos… son algunas de las muchas ideas y sensaciones que nos recorren frente a esta realidad y que emergen de alguna manera en la entrevista.

Frente a nosotros la persona responsable del servicio nos explica detalladamente la solicitud que debemos rellenar cerciorándose de que hemos entendido bien cuáles son los “papeles” imprescindibles que debemos adjuntar, el plazo de entrega, los costes de la matrícula y demás detalles que, si bien no dejan de ser importantes, en este momento a nosotros nos resultan absolutamente anecdóticos. Una decisión importante para nosotros y para la vida de nuestra hija se convierte en esa conversación en un trámite burocrático en la que no caben otras consideraciones.

Posiblemente este ejemplo sea no más que una rabieta de un padre lidiando frente a sus propios miedos. Bien cierto es, que no sería este el espacio elegido por nosotros para abrir el debate sobre las necesidades educativas de nuestra hija, o sobre nuestras propias necesidades como padres. Sin embargo también es cierto que esta sensación de conversación absurda y llena de detalles burocráticos frente a decisiones vitales de calado, no nos es nada extraña. En ocasiones es como enfrentarnos a sistemas de atención cerrados que no admiten preguntas o respuestas más allá de las establecidas previamente en el formulario al uso.

Esta concepción de sistemas cerrados sería el tercer paso que, a mi modo de ver, explica (tras la fragmentación de los servicios y la conversión de muchos de los procesos tradicionales de cuidado, asistencia y ayuda en prestaciones) la pérdida de la visión relacional en la intervención social.

Esta concepción no es más que una consecuencia de los dos anteriores. El hecho de que nos centremos en la cadena de servicios y las prestaciones concretas que los definen hace que, en ocasiones, la realidad tanto personal como sobre todo comunitaria, nos resulte de alguna manera prescindible cuando no responda a los parámetros burocráticos establecidos en los marcos de los convenios o subvenciones.3391269033_627e9d1815_z

Los últimos años en algunos de los servicios en los que hemos trabajado se pueden regar con ejemplos de este tipo de estructuras,  de funcionamientos. Encontramos trabajadoras sociales que (como una vez me expresaron de manera muy gráfica), se ven a sí mismas como frontones que reciben los pelotazos a modo de demandas y tratan de recogerlas en los cajones estancos al efecto. Profesionales en busca de los trámites mínimos, ya que no pueden “perder” ese tiempo necesario para matizar, acompañar, cribar,  comprender en profundidad y valorar todo tipo de soluciones y de realidades. Encontramos, procesos educativo – terapéuticos milimetrados, muy vinculados a avances contables y reducidos en el tiempo,  en las dimensiones propias del recurso en cuestión.  Encontramos proyectos que surgen a fuerza de nuevos decretos y políticas, que solo se sostienen en el papel. En este recuento creo que muchos de nosotros y nosotras podríamos aportar ejemplos que nos han hecho pasar muchas veces del sonrojo a la indignación.

Podríamos hablar de tres aspectos fundamentales que acompañan y de alguna manera constituyen esta tendencia.

El dualismo funcional, el alejamiento de los lugares de cotidianidad y el crecimiento de las respuestas de control o incluso punitivas.

En el primer aspecto reconocemos cómo, en este momento, la intervención social se empieza a encontrar encerrada en una especie de dualismo funcional entre las bases de la experiencia inmediata y la lógica racionalizadora de los sistemas de atención. De una parte, la experiencia diaria de contacto directo cada vez más funcionalista y milimetrada en sus protocolos. De otra, un crecimiento paralelo de personal de gestión, consultores y técnicos del registro, que dominan (dominamos) el cada vez más deseable reino de las políticas públicas de acción social.

Se ha alargado la cadena de decisiones desde quien dicta la política hasta quien atiende directamente a la persona destinataria y de manera inversamente proporcional ha decrecido el “poder” (de decisión, de incidencia, de elección entre diferentes opciones de atención…) de las personas más cercanas a la persona destinataria final y de la propia persona destinataria.

3392080416_8f9f890887_zLa decreciente inclusión de bases de experiencia, en un sentido denso, en el desarrollo e implementación del propio sistema de intervención; la pérdida de contacto, y sobre todo de capacidad de interlocución e incidencia, entre los eslabones de acción directa y los estratos de dirección están impidiendo la entrada de aportes fundamentales para que la realidad práctica se enriquezca  de lo más nutrido que se le puede ofrecer, el saber de las artesanas y artesanos de la proximidad.

En esta misma dirección apunta Silvia Navarro:

“[…] la producción hiperplanificada y despersonalizada de la ayuda nos suele abocar a “la pura y dura 3503364403_e1674a0b83_mgestión” y, por tanto, a un desertar de la experiencia, entendida ésta como un acto creador, como acontecimiento apasionante abierto al descubrimiento. Y esto es grave, porque sólo en el marco de la experiencia es posible la feliz integración entre las ideas, las acciones y los sentimientos. Sólo la experiencia puede convertir aquello que pasa en acontecimiento que desborde el presente y haga emerger lo nuevo. Por tanto, ésta sería para mí otra forma de resistencia: recuperar la experiencia.”[1]

El segundo aspecto a resaltar tiene que ver con el alejamiento, a veces incluso deserción, de los espacios horizontales, de los espacios “reales” de la vida cotidiana de las personas y las comunidades. El aumento de los proyectos y programas que surgen a modo de obra de teatro clásica, con su construcción ordenada e inalterable (Planteamiento, Nudo y desenlace… orden o decreto/presentación de solicitud/creación del servicio), que desembarcan en los barrios sin ningún vínculo previo y que se implementan como ofertas cerradas para el disfrute, reforma, aprendizaje o terapia; nos ayudan muy poco a acercarnos a una significativa aprehensión de la realidad. El hecho de que los proyectos e intervenciones de contacto directo vean reducidos sus espacios de acción a una mera parcela que pierde densidad a marchas forzadas, el hecho de haber perdido la inespecifidad necesaria para responder a una realidad que se nos ofrece variada y multiforme, son partes significativas de esta pérdida.

Junto a todo ello, el progresivo aumento de la perspectiva de control, tanto desde el vértice de la justicia, como desde el de protección social y empleo, nos está volcando imágenes distorsionadas de una realidad y de unas personas, temerosas ante el poder de un sistema contra el que tienen mucho que perder o mucho que dejar de ganar. Esta distorsión y la desvalorización de las figuras más cercanas y con menos poder de control, repercuten de manera absoluta en la dificultad para hacer diagnósticos fiables y significativos; y no digamos ya en la búsqueda de una participación más allá de encuestas o notas de queja.

[1] Silvia Navarro Pedreño  “Esencia y presencia del trabajo social hoy: o sobre las formas de resistencia crítica.” Localización: RTS: Revista de treball social, Nº. 185, 2008 (Ejemplar dedicado a: Aprenent del passat, projectant-nos cap el futur (II)) , pags. 9-34

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Un pensamiento en “La concepción de sistemas cerrados

  1. Pingback: ARTESANIA Y PROPUESTAS EN LA BUSQUEDA DEL ENCUENTRO (Mirando desde mis pasos 7) | Raúl Castillo Trigo. Respirando palabras y alguna luz.

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