El Espejos en el horizonte. Buscando desde el barrio caminos de futuro.

(Éste es un texto del proyecto #edusohistorias en el que hace tiempo tuve el placer de colaborar. Una gozada de encuentro y de textos sobre un tema tan vital y con tantas caras como la educación social… Hoy cuando están a punto de cumplir su décimo aniversario, toca felicitar y seguir animando construir juntas este espacio de intervención (y de vida) que tanto queremos…)

Me viene a la memoria una imagen especialmente hermosa. La danza de los estorninos en la película Biutiful. Sobre un cielo en el que el día ofrece sus últimas luces, el hermoso baile de una gran bandada, dibuja coreografías leves de una manera certera, sutil, ágil y a veces imposible.

Es un espectáculo del que he gozado varias veces, sobre todo en estaciones de servicio, en viajes en los que las puestas de sol son el preludio de un nuevo horizonte.  En la película esa imagen se hizo recurrente. No entiendo muy bien el porqué González Iñárritu utilizaba esta metáfora. No sé bien que significa en el mapa de sus sentidos. A mí me recuerda a la fuerza de una comunidad leve. A un impulso de la vida que, cuando te paras a mirarlo, no alcanzas a entender. Sin embargo, te deja absorto.

El frío de las estaciones de servicio, que Augé[i] utilizaba como uno de sus muchos ejemplos de un no-lugar, me recuerda a ciertos paisajes de los barrios que he recorrido, en los que he trabajado y vivido. Lugares sin brillo. Territorios que un día fueron hechos únicamente para ser funcionales, para servir a la necesidad, para permitir la vida, esa vida con minúsculas. Lugares hechos para no ser importantes.

Y, sin embargo, cuando una bandada de estorninos alza el vuelo, y se dedica a jugar en caótica armonía, a rotular el atardecer en comunión difusa, entonces, si uno se para mirar, es capaz de ver cómo se detiene la luz para hacerse VIDA, esta vez sí, con mayúsculas.

El barrio como un “agujero negro”.

Biutiful, la película, me dejó absolutamente desasosegado. Recuerdo que la vi en un cine de los barrios altos de Barcelona. Cenando, curiosamente, nos encontramos con Riky Rubio (jugador de básquet, hoy en la NBA)  en un restaurante de esos que no nos solemos permitir. Las tripas no paraban de darme vueltas. Ver los fondos de la ciudad, la espalda del mundo, en una representación tan claustrofóbica, tan sin salida, tan real. Y verla desde el lugar de una sociedad satisfecha, de una sociedad de luces de neón y coches caros. La “libertad” de los que viven (vivimos) el éxito que se anuncia en todas las cadenas, frente al sentimiento de atadura, de destino fatal, de quien nació en lugares que distan no más de 20 minutos de metro[ii].

Y es que “el barrio”, en muchas ocasiones, se nos aparece como una suerte de “agujero negro”, como una espiral que te atrapa. El vuelo libre encuentra las paredes y se “enclaustra” en una geografía sorda a las voces de esperanza.

Recuerdo volver a encontrarme con “el Ritxi” dentro de los muros de la cárcel. El patio estaba en plena ebullición y yo acababa de entrar. Hacía tiempo que sabía de él, de su deterioro. Fue duro volverle a ver. Verle como un manojo de instintos, de gestos distorsionados, eufóricos y acuciantes. Fue hermoso recordar la cercanía que tuvimos hace unos años. Y ver que el vínculo seguía ahí. Había vuelto entrar. Sin diagnóstico. No había nadie en todo el “sistema de recursos”, en el que me incluyo, capaz de conseguir un tratamiento diferente, adecuado a su “rotura”. Las drogas le habían disparado, pero más allá, habían desencadenado un proceso de deterioro mental imposible de abordar en un infierno como ese.
Roque, el único familiar directo, un hermano (que realmente no lo era) hacía lo que podía. Estando siempre ahí, viviendo más tranquilo al verle dentro. Hay vínculos que atan fuerte, que anclan. Él, que también jugó con el filo de la navaja (de la aguja más bien), levantó un día la cabeza para sacar con fuerza y dignidad a la familia adelante. Hoy sigue peleando contra titanes. Cada vez que sale Ritxi, se lo encuentra en la puerta con esa sonrisa eufórica y ese abrazo incontenido. Le lleva a casa, hasta la próxima, y con el miedo en el cuerpo. Es complicado romper vínculos que atrapan, vínculos que atan pero que también nos dan identidad, esencia, la maleta de lo que somos, de los y las nuestras. 

El barrio como construcción en diálogo con “la ciudad”.

Pero creo que estos territorios, estos lugares que, a veces, atrapan, no son mundos que existen desligados de otros mundos. Cada vez tengo más claro que el barrio (y cuando digo barrio me refiero a barrios del margen -aunque a veces estén en el centro- a barrios que llamamos en exclusión), es un lugar siempre en diálogo con “la ciudad”, entendida ésta como el paradigma de lo “civilizado”.

Álvaro, de crío, estuvo en una escuela del otro lado de la ciudad. Siempre se notó, conversando con él, que su hablar tenía la capacidad de acomodarse a aquellos registros de más allá, del “otro lado”. Te entendías bien con él, quizás porque compartías más códigos, formas de hablar… Quizás, sobre todo, él sabía entenderse bien con nosotros, tenía la capacidad de “acomodarse”. Él y varios otros y otras tuvieron una infancia “entre dos mundos”.
Recuerdo un día en el que le animábamos a que se acercara más al grupo de amigos de su equipo de fútbol. Lo vivía con pasión, le gustaba aquello, pero, no acababa de acercarse, no le oíamos cómodo con ellos. Aquella tarde nos confesó que se sentía extraño. Cuando relataba su vida, sus gentes cercanas, las historias de su familia, de sus amigos, el resto lo miraban como si fuera un extraterrestre. Había aprendido a medir lo que contaba. Y quizá por eso nunca estaba allí del todo, nunca podía estar suelto,… o quizá, sólo podía ser quién era cuando el balón rodaba.
Años después, muchos de sus compañeros de equipo nunca pasaron ni han pasado por el barrio. Algunos sí, cuando venían a comprar un poco de costo, aunque sólo de paso.

Y es que, si bien el barrio a veces aparece escondido para la ciudad, tiene también una función dentro del sistema. Una función en la estructura social[iii] (puestos de trabajo no cualificados, lugares de florecimiento de la economía sumergida, algunos reductos de economía alternativas) y, sobre todo, una función simbólica (la exclusión es aquello de lo que debemos de huir, lo salvaje que nos hace civilizados).

Y es que el barrio, como lugar de exclusión, existe (aunque no solo) en relación con esa ciudad que excluye y que se construye al otro lado de los muros y las alambradas donde vibra ese mundo libre y de mercados florecientes. Se construyen en dialogo y, aunque parezca lo contrario, se necesitan mutuamente. Solo la imagen de los bárbaros nos hace sentirnos civilizados. Solo las trastiendas del oriente mísero nos visten con este mar de colores tejidos a golpe de muerte y precariedad.      

Una relación construida como un juego de espejos.  

trayvon-martin-2-562x351En este punto me gustaría hablar de los espejos y los horizontes. De cuáles son los espejos en los se ven reflejados desde los barrios, cuáles los modelos que dibujan horizontes, que marcan el camino.

Me llamó intensamente la atención la imagen de Trayvon Martin. Este adolescente estadounidense fue asesinado a la edad de 17 años. El suceso ocurrió en el año 2012, y, una vez juzgado, el asesino salió absuelto bajo el argumento de que había actuado en legítima defensa. Más allá de las circunstancias, más allá de la pelea que se originó, es cierto que el hombre, un vigilante de seguridad, vio a un adolescente negro con capucha y en él vio a un sospechoso. Una imagen que legitima un disparo. Un espejo que, visto desde fuera, da miedo, provoca reacción. Y, también, un espejo en el que se miran tantos y tantos afroamericanos a fuerza de verse mirados.

Esta es la imagen que se transmite, y no de manera inocente[iv], que se siembra y que también se recoge. La asimilación de estos patrones de conducta, de vida, de modelo, un camino firme para la construcción de una identidad común.

Algunos chavales (sobre todo chicos) del barrio han participado en películas o cortos, tipo “el vaquilla”, encarnando papeles de “menores en riesgo de exclusión”, papeles de “chicos malos”, en ocasiones no muy distantes de su propia vida, caricaturas (como tantas otras caricaturas sociales, aunque con mucho más estigma) que atrapan, que siembran durezas aprendidas y estancas.

Imágenes de dureza, pero también de precariedad, de personas que cobran eternamente la renta básica, de mujeres que sirven y cuidan, de hombres rudos de la construcción, de personas que viven en los fondos de la economía sumergida.    

220px-saludo_del_poder_negro_en_mexico_1968El barrio como lugar de luz, de construcción y dignidad.  

Pero el barrio no es una jaula, ni mucho menos. El barrio es un lugar de vida, con sus muertes cotidianas, pero con su luz, con sus rostros y con la obsesión de tantos y tantas por vivir y vivir dignamente.

Me gustó recordar, como una suerte de envés para la historia de Trayvon, el puño en alto de Tommie Smith y John Carlos, los atletas negros que, tras haber finalizado la carrera de los 200 metros en los Juegos Olímpicos de México 1968, envuelto en un guante negro mientras comenzaba a sonar el himno nacional estadounidense. Un gesto de dignidad que, como tantos otros, no “salió gratis”. Smith y Carlos fueron condenados al ostracismo en su país y fueron criticados por sus acciones. De vuelta a casa, fueron objeto de abuso y tanto ellos como sus familiares fueron amenazados de muerte.

Sin embargo, ha quedado en nuestra memoria como un ejemplo de dignidad. Como un espejo en el que tantas y tantos jóvenes negros se miraron para asumir su identidad de una manera positiva, orgullosa.

Hoy, frente a la fuerza los estigmas también surgen de ser barrido voces y, sobre todo, vidas con la fuerza de una cabeza en alto.[v] Esfuerzos por encontrar “maneras de vivir” (que decía Rosendo) que permitan, más allá de una supervivencia, construir espacios compartidos en los que poder crecer, en los que poder tramar un camino hacia un horizonte deseado.

Vidas crecidas desde lo común, desde comunidades de identidad.

Para mí sigue siendo una de las grandes fuerzas diferenciales del barrio. La capacidad y la emergencia de la fuerza de lo común. Frente a esa sociedad individualizada que cada vez con más fuerza nos quiere convertir en eslabones desagregados para una cadena de producción infinita, el barrio ofrece una suerte de explosión de lo común entendido como engranaje de redes naturales, de apoyo, que, más allá de la idealización, soportan y hacen vivible la explotación de muchos y muchas.

Siempre me encantó el brotar de la primavera. Esos días en los que por fin mi ciudad se vuelve a hacer habitable tras los temporales, tras la eterna lluvia que convierte las calles en simples lugares de tránsito. Volver a ver las plazas repletas de grupos. Las enormes gitanas sentadas en la esquina con su cohorte de nietos, los chavales jóvenes que empiezan a despuntar, a encontrar en la calle su primera casa, arremolinados en grupos que se traman y se destraman, los partidos y las partidas en los campos improvisados y las esquinas. El barrio en todo su esplendor con sus primeras luces.

El lugar de lo común y del apoyo mutuo. Beatriz Diaz[vi] lo recoge muy sencillo a través de este testimonio:

“Le tienes en casa y le llevas contigo a donde sea… ¡porque no puede estar todo el día encerrado! Vas a trabajar y te lo llevas a la obra. Le dices, “si quieres me ayudas, estás aquí conmigo, me echas una mano… Si te cansas me esperas en el bar de al lado, te tomas un café…” No le llevas para que te ayude, le llevas porque una persona en esa situación necesita estar acompañada, moverse y hablar… para que se vaya aclarando poco a poco. A ver qué es lo que quiere hacer, si va a buscarse la vida aquí, si prefiere ir a trabajar en la fruta o en el invernadero… Al principio nadie sabe lo que quiere hacer y además, si no tiene papeles y vas con él es más difícil que tenga problemas con la policía. Si te dice que se quiere quedar aquí, le tienes dos o tres meses trabajando contigo, para que vaya aprendiendo el oficio y conozca a gente del gremio.”

Vidas crecidas desde la lucha por la superación, desde el impulso de la conexión con “lo vital”.

Podría (y me gustará) escribir muchos otros rasgos qué hacen del barrio un lugar de luz, pero quizás, lo más significativo para mí sea el reconocer el barrio como un lugar lleno de vitalidad, de fuerza de vida y, por ello, también de muerte.

Recuerdo aquellos 18 en los que comencé a patear las calles del barrio. El contraste con los pasillos de la Universidad era abrumador. La algarabía y el correr de niños golpeaban en mí frente al aire ampuloso, académico y, muchas veces vacío, de muchos rincones del vetusto edificio. El barrio, en aquella primera juventud, me trajo olores y sensaciones que, en la mayoría de las ocasiones, eran contradictorias pero que siempre me obligaron a re-accionar, a seguir creando respuestas, a seguir caminando.
Una tarde me descubrí en medio de un descampado con un grupo de chavales. La tarde era de sol y quizá por ello nos refugiamos en un edificio derruido. Aquel esplendor de cemento y hormigon, desvencijado y ruinoso, era un buen escondite desde el que creer en la ilusión de estar fuera del mundo y el radar de los juzgados. Fue una invitación a caminar por lugares vetados para un casi adolescente como yo. Un lujo de pertenencia breve e intensa. Jesule “el liendres” dejo romperse la voz contra la sombra y el muro derruido. El grito llamo a la tarde y no dejo pálpito sin eco. Sentí ese cantar y lo escuché llegar desde lejos, desde tantas voces que lo sufrieron hasta que pudo ser cantado. Sentí la voz y el impulso de descalzarme para dejar sin mácula ese lugar desnudo, esa fuente que alimentaba el impulso de seguir.
Para mí fue y ha sido un momento de tomar conciencia. Como tantos otros. Como los funerales en los que se rompe el alma y el silencio deja espacio al llanto más roto, ronco y desaforado. Como las fiestas que parece que no acaban y que nos hacen saborear lo inaudito del encuentro con gentes tan diversas, lo excesivo de la luz, del color, del movimiento. Como los partidos en los que uno se juega la vida (a veces casi literalmente).  Creo que, si algo convierte al barrio en un lugar de luz, no es sino la vida y su esfuerzo por seguir re-produciéndose, de manera “grosera” en ocasiones pero, en otras muchas (para quien sabe y quiere verlo),  de la manera más descarnada, sutil, concreta y real.

Ese es el impulso que he avistado en demasiados rostros y que hoy, cuando en tantas ocasiones se confunde la serenidad con la falta de vida, y el civismo y la seguridad con el aire limpio de los cementerios, me enseña a descubrir tanta mentira como nos cuentan. Un impulso que se dibuja en las vidas de tantos y tantas como un vuelo informe, leve y hermoso, el vuelo de una vida sin destino fijo pero que rompe cada tarde la monotonía de un cielo que no deja de caernos encima.

[i] Marc Auge “Los no lugares: espacios del anonimato: antropologia sobre modernidad.” Editorial Gedisa,128p.

[ii] No deja de impresionarme que la cercanía geográfica esconda lejanías tan patentes que se imponen en todo los órdenes de la vida… y de la muerte, como bien resalta este titular: “Los vecinos de barrios ricos de Barcelona viven ocho años más que los del Raval”.

[iii]  Si bien, como describe Wacquant, las nuevas formas de exclusión cada vez van relegando esta función en la estructura social a un lugar cada vez menos relevante. Y es que cada vez se está dando una mayor “desvinculación entre las condiciones sociales de pobreza y el desarrollo macroeconómico, dado que no existe una disminución de la miseria por más que aumenten los parámetros macroeconómicos y nacionales, es más suelen ir unidos y en una relación inversa”. http://www.fes-web.org/uploads/files/modules/congress/10/grupos-trabajo/ponencias/704.pdf

[iv] De nuevo recurrimos a Wacquant “La formidable expansión e intensificación de las actividades de la policía norteamericana, las cortes criminales y las prisiones durante los últimos treinta años ha sido finamente dirigida, en primer lugar a la clase, en segundo a la raza, y en tercero al territorio, conduciendo no a un encarcelamiento masivo sino a un hiper-encarcelamiento del (sub)proletariado conformado por hombres negros que provienen del ghetto implosionado.” ESTIGMA RACIAL EN LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO PUNITIVO NORTEAMERICANO. La revista Astrolabio. Nº 5, ed. Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS). http://revistas.unc.edu.ar/index.php/astrolabio/article/view/182

[v] Interesante a este respecto el gran número de respuestas de las propias personas y colectivos a las directivas de identificación masivas a personas inmigrantes por parte de algunos cuerpos de policía (enlace), o campañas como gitanos con palabra que tratan de romper con estos estereotipos tan dañinos.

[vi] Díaz, B. Redes de apoyo entre inmigrantes: el ejemplo de San Francisco (Bilbao) http://www.euskonews.com/0142zbk/gaia14205es.html

 

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